Vida de viejo rey
Wawrinka quiso llegar a la cima haciendo lo mismo que Federer conSampras en Wimbledon 2001. El junior se presentó en el verde aristocrático con una coleta (el cielo no sé si se conquista al asalto, pero hay que dejarse el pelo largo). Los dos jugaron un partido que el tiempo convirtió en leyenda porque allí se bajó Sampras, que aún tuvo tiempo para retirarse tumbando a Agassi en el Open USA, y se subió Federer al primer vagón de la historia del tenis. El partido llevó a la pista el duelo de un artista impredecible y un ordenador imponente. Sampras sacaba como un cañón cinco veces, y si las cinco encontraban resto, cambiaba el ángulo y sacaba un misil a otro lado. En una radiografía de ese duelo en la revista 'Unfollow', el escritorGuille Ortiz recuerda que Sampras, de repente, vio la luz: el cañón tenía que apuntar al cuerpo, y se puso a lanzarle los saques directos a la barriga del suizo. Fue como acribillar a un niño con bolazos a más de 200 km/h. Federer, 19 años, empezó el partido con un ace. No con aquel tortuoso juego psicológico de Michael Chang, 17 años, en Roland Garros cuando le sacó de cuchara a Ivan Lendl, sino con el viejo ace. Fue 7-6 (9-7), 5-7, 6-4, 6-7 (2-7) y 7-5. Tras su victoria, Federer se fue de la pista llorando. Volvería a llorar trece años después, el pasado agosto, cuando vio pasar otro título por delante en la final. Pero nunca como en Australia, después de perder contraNadal y comprobar que se puede ser el mejor jugador de tenis de la historia habiendo perdido 23-10 contra el gran rival de su época, el destinado a sucederle.
El suizo confirmó las sospechas y mejoró la expectativa. Tiene 33 años y en su rostro se adivina casi siempre dolor, incluso en las alegrías. Como a Nadal, el tenis les está rompiendo el cuerpo. El domingo no pudo jugar la final contra Djokovic. Termina el año y no se ha llevado ningún grande. No se sabe cuál va a ser el Waterloo de Federer, el momento que con los años se diga: aquí murió un gigante. Y aún entonces, el hombre que llevó las desapariciones del partido a un estamento artístico, como si fuesen ausencias místicas, podrá hacer como Sampras y regalarse a sí mismo un Open en su último partido. Sólo los genios pueden permitirse dejar de hacer algo cuando mejor lo están haciendo, aunque sean unas pocas horas, las últimas de su primera vida, la irreal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario